Entre un intenso calor y alto peligro, caminantes venezolanos retornan por la Guajira

Al menos 2000 migrantes han abandonado Colombia por el paso fronterizo de Paraguachón. Muchos toman rumbo hacia Maracaibo sorteando grupos armados.

Por: Rafael David Sulbarán. Periodista. No quiere que le de Covid.

Texto publicado originalmente en Proyecto Migración Venezuela. Revista Semana

El fuerte calor y el viento seco acompañado de un sol inclemente son duras barreras para quienes buscan un mejor sitio para vivir, trabajar y progresar. Por Paraguachón, el pueblo que sirve como punto de encuentro fronterizo, han retornado a Venezuela al menos 2 mil personas huyendo de la crisis generada por la covid-19.

La mayoría de estos ciudadanos venezolanos provienen de las ciudades caribeñas de Cartagena, Barranquilla o Santa Marta, emprendiendo el viaje por la Troncal del Caribe en autobuses o caminando. Los que siguen su marcha a pie, enfrentan las altas temperaturas y la peligrosidad de la carretera.

“En varias tandas se ha atendido a caminantes que provienen en su mayoría de las ciudades más importantes de la costa Caribe de Colombia. Se quedaron sin empleo y no pueden pagar arriendo, por eso decidieron tomar rumbo hasta Paraguachón”, expresó Rafael Sifontes, voluntario de la Asociación Salto Ángel, organización encargada de velar por la protección de migrantes venezolanos en la capital de la Guajira colombiana, Riohacha.

La organización trabaja de la mano con la Oficina del Alto Comisionado de la Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), que brinda atención sobre todo a los más necesitados que se trasladan a pie.

Desde Cartagena, el recorrido lo hacen estas personas en unos 15 días, sorteando el hambre, el calor y la incomodidad por más de 494 kilómetros hasta el límite con Venezuela.

Según datos brindados por Migración Colombia, cerca de 90 mil venezolanos han salido de Colombia por efectos de la pandemia. El 76 por ciento lo ha hecho por el puente internacional Simón Bolívar, en Cúcuta. Otros dos puntos están habilitados durante la emergencia sanitaria: El Puente Internacional José Antonio Páez, en Aracua y el cruce de Paraguachón, que se encuentra a unos 15 minutos de la población de Maicao, principal poblado en la frontera donde históricamente se han efectuado intercambios comerciales entre los dos países.

“A pesar de ser Maicao tan importante, allí en esa zona no se cuenta con un albergue o un punto de atención grande como el de Tienditas, en Norte de Santander”, agregó Sifontes.

“Aquí el refugio de Acnur está cerrado desde que Presidencia decretó el aislamiento, solo están atendiendo a los migrantes que ya estaban en el refugio”, expresó Sifontes en relación con el punto de atención en Riohacha, a 90 kilómetros de la frontera.

Entonces los caminantes pasan la ruta sin tener puntos de apoyo donde descansar, hidratarse o comer hasta llegar a Maicao. Luego, en la carretera solitaria que conecta a Colombia con Venezuela, transcurren el camino solos contando con la buena voluntad de las personas que transitan o alguna organización humanitaria que ayuda brindándoles kits de aseo, comida, zapatos y ropa.

Albergues

En su arribo al punto fronterizo de Paraguachón, los migrantes deben registrarse para aguardar ser trasladados a los Puestos de Atención Social Integral (Pasi), que en la región guajira venezolana han instalado seis de ellos, el más grande en Paraguachón y el resto en poblaciones cercanas como Guarero y Sinamaica, unos 49 kilómetros dentro del territorio venezolano.

“Allí los mantienen unos cuantos días, de 15 a 20, dependiendo de la cantidad que vayan llegando”, indicó un poblador de Sinamaica llamado Alberto, el cual no quiso revelar su verdadero nombre.

“El gobierno ha dispuesto de los buses rojos esos, Yutong, salen casi a diario, eso ha estado bien porque sacan a la gente, pero todo eso ha sido peligroso, los Pasi se han convertido en lugares de guachafa, prostitución, y hasta intentaron secuestrar a una funcionaria de Acnur en uno de los viajes”, reveló Alberto que ocultó su nombre por temor a represalias.

Esos recorridos desde los puntos de atención los realizan hasta Maracaibo, la capital del estado Zulia, otros viajan hasta Táchira, Lara y ciudades del occidente venezolano.

En el Pasi de Paraguachón pueden albergar hasta 1200 personas. Se trata de las instalaciones de un plantel educativo que ha sido habilitado en medio de la emergencia.

«Seguimos brindando esa mano amiga, a todos los connacionales que vienen huyendo de otras fronteras del maltrato y la exclusión en medio de la pandemia, principalmente del hermano país, donde el desgobierno ha incrementado los casos de Covid-19, y acá los recibimos para ofrecerles garantía de salud y alimentación», expresó el secretario regional de Pueblos Indígenas, Yimmys Rodríguez, citado por el Diario Panorama, durante una inspección al lugar, donde trabajan de la mano el gobierno venezolano y Acnur.

“Allí Acnur pone la comida, colchonetas, agua, en fin, las cosas necesarias para que pasen la cuarentena las personas que vienen de Colombia, pero se han dado casos donde los funcionarios de la Guardia Nacional se roban la comida o la venden”, expresó Alberto. La dieta en esos albergues está compuesta principalmente por frijoles, arepas y arroz.

Asociaciones ayudan con lo que pueden a los caminantes en la vía. Foto/Asociación Salto Ángel.

Sin retorno

El paso por esta zona es quizá menos transitado, tal vez por la distancia ya que la concurrida ruta entre Cúcuta y San Antonio hacia San Cristóbal es de 39 kilómetros, mientras que la distancia de Paraguachón hasta Maracaibo, segunda ciudad más importante de Venezuela, es de 115 kilómetros.

Hay otro ingrediente en este recorrido: la presencia de agrupaciones criminales que torna el paso peligroso. Según reportes de Fundaredes, la presencia del Ejército de Liberación Nacional y otros grupos guerrilleros colombianos, domina el tráfico en los cerca de 200 pasos ilegales en la zona.

“Trafican comida, gasolina, llevan y traen gente, incluso en estos tiempos de cuarentena”, comentó Consuelo González, una docente venezolana que se encuentra varada en la población de Santa Marta, en el departamento de Magdalena, al no poder culminar su viaje hasta la ciudad de Cabimas, en la Costa Oriental del Lago de Maracaibo.

González se encontraba de visita en España y decidió regresar a Venezuela en el mes de marzo. Su avión hizo escala en Colombia y decidió visitar a unos familiares en la costa caribeña colombiana.

“Solo venía por unos días, pero la situación del coronavirus empeoró y me agarró el inicio de la cuarentena acá”. Consuelo, de 69 años, ha tenido que dormir en casa de esos familiares que le han brindado cobijo en medio de esta emergencia.

González ha querido partir, pero el cierre de la frontera se lo ha impedido. Otra cosa que teme es el riesgo que pueda correr al tomar al atravesar hacia Venezuela por los altos niveles de delincuencia en esas carreteras, “no me quiero exponer así. Hay gente que paga y los pasan por las trochas, pero yo no quiero correr ese riesgo, es muy peligroso”, comentó.

González asegura que miembros de la Guardia Nacional se encargan de recoger personas en las trochas, les cobran en dólares y las llevan hasta Maracaibo. “Me han informado personas que se han acercado en Maicao y les cobran 300 dólares por llevarlos de allí”, puntualizó.
Mientras, esta profesora de educación, se llena de paciencia y aguarda hasta que abran la frontera y el transporte público ordinario vuelva a trabajar para regresar a su casa que no pisa desde el 2019.

Texto publicado en el Proyecto Migración Venezuela, de la Revista Semana.

Fotos: Asociación Salto Ángel, Riohacha.

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