Aventura andina de irse sin pagar

Las locuras de uno cuando es chamito


 

Esta nota se la voy a dedicar a mi bella tía abuela y madrina Avelina González Piñerúa, quien a sus 88 años de edad partió de esta tierra para reunirse con su querida hermana Carmen Inés y su añorada madre Mariana de Jesús en el reino de los cielos


Por: Rafael David SulbTwitterarán

Jefe editor. Se ha rascado varias veces.

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Bueno, es que esta experiencia que les voy a contar, la viví en un viaje que realizamos juntos, gran parte de la familia, y que mi querida «Tití»fue una invitada especial.

En 1998 las cosas estaban muy distintas en Venezuela. Aún se podían realizar viajes familiares en masa sin preocuparnos tanto por la inseguridad, el precio de la comida o que el hotel fuese a estar más caro al otro día. Viajamos varios. Mi tío Antonio alquiló una camioneta van viejita. Allí mi abuela Carmen iba echando los brollos junto a mis tías Elaine y Tamaiba que tenía varios meses de gestación. Mis primos Tamaiba, Luis Ángel, Carmen Cecilia y Luis Antonio eran los más chiquitos del grupo. Mi tío Mathías  con su Chrisler Neon del año viajaba junto a tía Eneida, mi prima María del Valle, Mariana, y Eudomario. Mi primo Franklin, junto al pana Rubén y su mamá abordaban un Corsa, también del año. Y mi padre con su recordado Corolla 87 verde, nos llevaba a mi mamá, a mi hermano Rodolfo, a mi querida Tití y a mí por supuesto.

Viajar con Avelina era una experiencia única. Mi madrina, una enfermera de larga trayectoria, no era una enfermera cualquiera. Formó parte de aquel equipo profesional que tenía la industria petrolera y que asistía a las personas en sus casas, especialmente en los partos. Fue presidenta del Colegio de Enfermeras de la Costa Oriental del Lago, siendo fundadora del organismo. En años recientes fue nombrada como Patrimonio Cultural de la región. Relatos de Margarita, anécdotas de su práctica y miles de historias fascinantes nos contó Tití en ese trayecto por los andes venezolanos. Pernoctamos en una posada de la población merideña de Timotes. Hicimos varios recorridos por el pueblo, y llegamos hasta el páramo, el Pico Águila, Apartaderos, Chachopo. En fin, una travesía familiar bien sabrosa.

Tití
Tití junto a mi prima Isabel Daniela.

Pero las locuras adolescentes se hicieron presentes. Yo contaba con 16 años, mi hermano Daniel con 17, Rubén 19, Franklin 19, Rodolfo como 13 y mis primas 17 y 16 igualmente. Yo estaba experimentando socializar y bueno, eso lleva consigo el alcohol. Claro, todo sanamente. Cuando uno llega a los 15 años arranca ese proceso, y en mi caso, ya las primeras salidas, los primeros regaños, las primeras cervezas, la primera mareada,  el primer tufo ya lo tenía encima. Y bueno, en este viaje, ya graduado de bachiller, no podía pasar el alcohol por debajo de la mesa.

Recuerdo que uno de esos días, no sé de dónde salió una botella de wiski. Tomamos. Pero así, de forma adolescente pues. Poquito, normal. Sin exageración. Luego que se acabó la botella, Rubén, Franklin y yo, decidimos ir a una tasca en la avenida principal de Timotes. Primera vez que yo pisaba un bar. Era más o menos espacioso, decorado con la típica costumbre andina, con mesas de madera. Tenía aire acondicionado. La barra estaba en el medio de dos paredes, al final. Creaba un espacio redondo, que prácticamente partía en dos el lugar. Alrededor tenía sus mesas de madera y las respectivas sillas, tipo restaurante. Los tres nos sentamos del lado derecho. Franklin estaba en el medio de los dos. Rubén en el extremo izquierdo y yo en el derecho. Nos sirvieron Polar Pilsen. El cantinero se veía bonachón, pero era descuidado. Nos servía las cervezas a todos, y se iba detrás, cruzaba una puerta que daba, imagino yo a un depósito o una cocina. Total que el tipo se perdía por 5 minutos o más. Regresaba, lanzaba sonrisas, pasaba el trapito y se devolvía. Hablábamos de Marilyn, la novia de Franklin. Creo que habían terminado y el muchacho andaba un poco despechado.  De repente, ante la ausencia del bartender, Rubén se levanta y dice: «Vámonos sin pagar» yo lo miro y le digo: «Chacho estáis loco». Franklin lo ve y dice: «Ok dale pues». Pero se queda quieto. Rubén se vuelve a sentar. Llegó el mesero mientras sonaba Juan Gabriel a todo volumen. Nos sirvió tres cervezas más. Ya iban doce. Se vuelve a meter. Nos terminamos la cerveza. Rubén se para…y se va. La vaina va enserio. Franklin no reacciona. Yo me quedo pensando que papá me había dado 20 bolívares para todo el viaje y no lo pensaba gastar en cerveza. Creo que me quedaban 16 bolívares. Me paré lentamente y salí del bar. Rubén iba solo unos metros delante de mí. Afuera estaban un grupo como de 5 gochitos, de esos que siempre ves bebiendo cerca de los bares. Disimuladamente caminábamos tranquilos. Hasta que Franklin salió y echó a correr. Nos pasó volando y bueno, qué más cooo nos quedó correr detrás de él.

Jajajajaja la aventura pues. La jodedera de habernos ido sin pagar «sin que se dieran cuenta», nos mantuvo despiertos un rato más en las escaleras de la posada. Echando vaina y eso, finalmente decidimos irnos a dormir. Entré por la ventana de la habitación, no quise despertar a nadie. Yo dormía en la parte de arriba de una litera. Tití amenizaba el ambiente con un ligero ronquido. Cierro los ojos al ritmo de Tití y bueno…todo empezó a dar vueltas. «Qué sabroso es rascarse»pensaba (claro luego me iba a dar cuenta que no todo el tiempo es igual).

Cuando me levante (sin ratón alguno) todo el mundo me recibe con una sonrisa. «Ajá, esooooo te gusta la cerveza ¿no?» dice mi papá. «¿Y no te gusta pagarlas?». Yo dije, bueno me va a matar. Pero Onelio lo que hizo fue reírse de la cosa. Claro, me dijo que no lo hiciera más. Tití se echó a reír, pero me dijo lo siguiente: «Mijo no lo vuelva a hacer, tenga mucho cuidado, al menos que se quede sin dinero» jajajajaja. ¿OK pero cómo lo supieron? Coño seguro que Rubén o Franklin hablaron. Pues no, resulta que la cuerda de gochitos esos nos delataron. Claro, ¿cómo no van a notar a un chamo papiado, blanquito, bonito, con una chaqueta original Tommy Hilffiger roja que salió corriendo del bar? Y bueno luego los dos flaquitos morenos que se le pegaron atrás…y doblaron en el hotel que está en la misma calle, solo unas seis cuadras abajo. Casi que no nos iban a descubrir. El bartender o el dueño del bar fue a dar al hotel, a eso de las 3:00 de la mañana despertaron a la señora mamá de Rubén para que cancelara los 12 mil bolívares que debíamos.

Berro, me salvé de pagar esa plata. Me salvé de un regaño, porque si la policía hubiese ido hasta nuestro cuarto y despierta a papá a esa hora, ahí si es verdad que me hubiese devuelto para Cabimas en burro y desnudo. De igual forma le hice caso a papá. Más nunca me he ido sin pagar una cerveza. 


 

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