El hombre de la calle

Regresa «Septimus» a Pluma Volátil


 

Por: Gabriel García MárquezGabriel-García-Márquez.

Periodista. Amante del cine.

Premio Nóbel


El hombre de la calle es, sin duda, la persona que más nos preocupa a quienes escribimos para los diarios. El hombre de la calle es uno, múltiple y contradictorio, que no solo está de acuerdo y en desacuerdo, simultáneamente, acerca de una misma cosa, sino que discute rabiosamente consigo mismo sin llegar a una conclusión definitiva. El hombre de la calle me llamó ayer en una esquina y me dijo: «me gustó la jirafa de hoy». Y en la otra esquina cuando ya me consideraba en posesión de un respaldo indispensable, el hombre de la calle volvió a aparecer y me dijo: «Mire, Septimus, después de La Jirafa de hoy no le queda otro recurso que volver a su pueblo y poner una hortaliza. Le aseguro que lo haría mejor». Y la cosa no habría sido tan grave si, en la esquina siguiente el hombre de la calle hubiera aparecido otra vez y me hubiera preguntado: «¿Hubo Jirafa hoy?». Le respondí: «Desgraciadamente hay». Y en hombre de la calle, iniciando otra vez su momentáneamente interrumpida correría, se arregló el sombrero. Cuando se alejaba, le oí decir entre dientes: «No sé por qué el voceador no pasó hoy por mi casa». Es decir, que el hombre de la calle, a las nueve de la noche, todavía no tenía menor idea de que, Septimus, había cumplido religiosamente, con su disparate cotidiano.

Afortunadamente, los periodistas tenemos también nuestra revancha contra ese ciudadano anónimo, a quien los políticos prefieren en época de elecciones, a todos los ministros plenipotenciarios y embajadores acreditados ante nuestro Gobierno. Cuando los periodistas oímos decir en un establecimiento público que el costo de la vida ha subido a un nivel inaceptable, inmediatamente escribimos: «El hombre de la calle opina, con razón, que el costo de la vida ha subido a un nivel inaceptable». Y al día siguiente, cuando el hombre de la calle abre el periódico antes del desayuno y repasa las noticias locales, comenta: Bueno, esto no lo dije yo, pero debe ser cierto». En esa forma, nunca un Mingo Revulgo (creo que fue a GOG a quien le oí este nombre por primera vez) ha sido tan calumniado, pero tampoco mejor interpretado en su íntimo, en su secreto modo de pensar. Cuando un café está atiborrado de gente que habla, discute, opina sin discreción de ninguna índole, cada uno de los presentes tiene un nombre propio: don Acresio Cabrera en una misma mesa con don Miguel Estornudo; en la otra, el buen don Pedro y el chafarote de José. En otra, solo, sorbiendo una taza de café amargo, probablemente Natanael. Pero cuando el café queda desocupado y apenas sobrevive la concurrencia desaparecida, un montón de tacitas vacías y de cucharitas sobre las mesas, quien un momento antes estuvo en el café, tomándose esa impresionante cantidad de pasatiempos y hablando de cualquier cosa, no fue don Acresio Cabrera, ni don Miguel Estornudo, ni Pedro, Ni José. Ni siquiera Natanael.  Fue simple y redondamente, el hombre de la calle. Ese chivo emisario de todos los días.

Me interesaría saber qué es lo primero que piensa esa criatura incomprensible cuando se despierta. Siempre he creído que la mejor manera de conocer a un hombre es preguntarle, en el instante que abre los ojos y todavía con la cabeza en la almohada, en qué está pensando. Si alguien me resolviera esta duda, con respecto al hombre de la calle, obtendría para este predio una ventaja que no la tendría otro ninguno en el país. El hombre de la calle, ignorante de que se tiene ese secreto, probablemente exclamaría al leer esta sección: «Caramba, me gustaría saber en qué piensa el tipo que escribe esto, en el instante en que despierta». Pero de todos modos, es hora de acabar, porque creo que estoy invadiendo terrenos que pertenecen a la metafísica.


Texto: Gabriel García Márquez (Septimus)

Publicado en el diario El Herado, Barranquiila, 13 de mayo de 1950.

 


 

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