Memorias de un cabimero | Tío Pitino

Memorias de un cabimero | Tío Pitino

Bernardo Clavel, tío de Eudomario Castillo, fue un gran carpintero, de los mejores de Cabimas, pero lo que algunos no saben, es que fue un gran constructor también. La Catedral es un ejemplo de ello.

Memorias de un cabimero. Por: Eudomario Castillo Clavel

Tío Bernardo, mi tío materno, llamado por todos sus sobrinos con el apodo de “Pitino”, cuentan que fue mi hermano mayor Arquímedes que siendo su ahijado quiso decirle tío padrino y en su balbuceo le logró decir “Pitino”, pero Bernardo José, como lo nombraba mamá cuando estaba enojada con él, los cabimeros más viejos o mejor dicho de su época lo llamaban “El Zorrito”, según él era porque a su papá lo llamaban el zorro.


Pitino era un hombre pequeño de estatura, pero grande en actividades, buen carpintero, trabajó 33 años en la VOC. No quiso ir a Bachaquero, ni a Lagunillas en los años de 1960 cuando la compañía abandonó como sede a la ciudad de Cabimas. Pitino aceptó con buen agrado y en común acuerdo su liquidación de la empresa, lo cual lo ayudó con los servicios de energía eléctrica en la carpintería que tenía en su hogar, ubicado en Punta Icotea en la calle San José, antigua calle ciega llamada el Candilito, calle que como ya mencioné en párrafos anteriores él bautizó y por su gestión fue abierta hasta la calle del muelle. Además de esto Pitino logró que la empresa le diera el alumbrado a la calle.


Pitino fue buen cristiano, monaguillo del padre Zuleta, tiempo en donde nació una gran amistad, tanto así que siendo ya hombre y trabajando en Cabimas iba a pescar los fines de semana y hacerle trabajos de carpintería en la iglesia y en el hato que poseía el padre en una de las playas de San Francisco.


Esta hermandad con el padre lo influyó en la forma de comportarse con los necesitados, enfrentar a los corruptos y ser un hombre en la acción. Él solía decir “beber aguardiente era también reto de hombría y visitar los burdeles en busca de la mejor meretriz, también”, vida que mi Maeva y mi mamá le criticaban y ambas no perdían tiempo para decirle que buscara una buena mujer para casarse y tener hijos. Es precisamente a través del padre que conoce a Aurora Quintero, joven huérfana criada por el padre Zuleta. Este contaba que la mamá de la joven había sido muerta por un gatillo alegre en una gaita decembrina en La Rosa en Cabimas, en los años en que el padre Zuleta fue párroco.


De esta unión nacen siete hijos, cinco hembras y dos varones, la hija mayor muere por complicación de una enfermedad. Pitino cuando ya todos sus hijos del matrimonio estaban grandes, tuvo otro hijo en una de las trabajadoras de la carpintería, y Aurora, su espos, aceptó criarlo y la mamá del niño se lo entregó para que así fuera. El muchacho creció como hijo legitimo del hogar, sin secretos novelescos, conocía y conoce a su verdadera madre, por eso no dejó de querer a quien lo parió y a quien lo crió.


Pitino tenía mucha fuerza de voluntad, no se puede decir que él era alcohólico, como muchos quisieron hacer ver, él podía estar meses sin beber, es decir, cuando tenía responsabilidades que cumplir no le aceptaba ni un palo a nadie. Recuerdo a compañeros de parranda y de trabajo de mi tío que llegaban a invitarlo y si él no había terminado el trabajo, se ponían a ayudarlo en la carpintería hasta que finiquitara lo que estaba haciendo y pudiera echarse el palo, porque para Pitino el trabajo era lo primero.


Esa responsabilidad y el ser buen carpintero lo llevó a ser por muchos años el carpintero de la iglesia de Cabimas, hoy Catedral de Cabimas, siendo cura el padre Delfín Paz, a la imagen de San Benito la reliquia donada por el pueblo de Ambrosio, más de una vez la rehízo.


Hay hechos en la vida de mi querido Pitino que yo admiro, uno de ellos, es como algo curioso, no sé si llamarle casualidad, pero lo cierto es que mi tío trabajó por más de 25 años en el galpón que servía de taller de carpintería a la compañía Shell, el cual estaba ubicado frente a la oficina de labores y hoy está la curia donde vive el obispo de Cabimas.

Este galpón fue donado por la Shell a la Diócesis de Cabimas y el cual utilizó en la construcción de la iglesia San José y mi tío era devoto de San José, uno por ser carpintero y lo otro por ser su santo. Hoy cuando visito la iglesia de San José de Concordia, recuerdo a Pitino, porque más de una vez fui a ese taller de carpintería a llevarle la comida cuando este se quedaba a trabajar sobre tiempo.

Otro hecho es el haber construido la torre sur de la Catedral de Cabimas, mi tío era carpintero, no constructor y sin embargo, aceptó el reto que le lanzó el padre Delfín Paz, párroco de la iglesia en esa época.


Siendo carpintero de la iglesia, al tener algún trabajo que realizarle, el padre Paz le decía:

Zorrito, ¿cuándo vamos a meterle mano a la torre?

-Y mi tío le contestaba: eso necesita de mucho tiempo y yo trabajo en la VOC ocho horas todos los días, ¿por qué no se busca un constructor? O algo por el estilo.

-El padre le contestaba: no amigo Bernardo, no es así como usted piensa, no hay reales, las compañías son anticatólicas y el gobierno parece que es de la copia al carbón, se mueven al son que ellos le tocan.

-Y tío le respondió: ¿y el comercio padre Paz, usted no habla con ellos?

-El padre le dijo: igual zorrito, los árabes, los que ustedes llaman turcos, la mayoría no son católicos y los que lo son, son muy pichirres y ni se diga de los chinos, total, y tío le replicó:

-Ajá padre y nosotros, el pueblo-, y el padre le dijo:

-Ajá Bernardo, vos soy parte del pueblo ¿cuándo te decides?

Esta conversación, siempre se presentaba cada vez que estaban cerca, algo se decían de la torre, hasta que llegó el día en que Pitino decide ayudar al padre Paz.


Mi tío al querer empezar la construcción le pregunta al padre por los dibujos y planos de la torre norte, construida hace muchos años. El padre Paz le contestó:

-No existen, no los hay y su constructor Jesús Borjas falleció hace unos cuantos años, así que de hacer es usando la torre norte de modelo, esa no se va a mover.

-Bueno padre aténgase a las consecuencias-, dijo Pitino.

De esta manera se empezó la obra, poco a poco comienzan con la demolición y a remover escombros, pero estando ya avanzada, el padre Paz enferma y es sustituido por el padre Guillermo Briñez, el cual lo primero que hace es paralizar la construcción, porque la experiencia de Pitino no era convincente.

Mi tío se retiró sin medir palabras con el nuevo cura, demostrando con esto su humildad. Él siguió con su labor entre la compañía y su carpintería, pero la gente no dejaba de preguntarle por lo de la construcción que estaba haciendo en la iglesia y el solo contestaba: «bueno y que van a traer un arquitecto e ingeniero, para continuar con la torre». Sin embargo, este revés por la construcción de la torre no le impidió seguir con sus responsabilidades para con la iglesia, lo que llevó a entablar una buena relación con el padre Briñez, quien solía visitarlo de vez en cuando en la carpintería.


Al movilizarse el padre Briñez para continuar los trabajos ve que el dinero con el que cuenta no es suficiente para pagar los servicios de estos profesionales, eso sí hace un avalúo de lo realizado por Pitino y el resultado es que todo marcha bien, exceptuando en el planteamiento de la torre, ya que, las medidas eran menor a la torre norte, al consultar a Pitino, este dijo lo siguiente: «el padre Paz no quiso dejar tumbar la pared de la casa cural, la cual obstaculiza la construcción a realizar y como hecho a que continuara me dijo ‘zorrito un milímetro más un milímetro menos no importa'».


El padre Briñez inicia los contactos es decir, licitan la construcción y los constructores como respuesta se van a millón a las nubes, el padre Briñez piensa en el zorrito y un día muy de mañana, se aparece elegantemente vestido y muy alegre a la casa de tío.

Este que tenía trabajo en la carpintería, la cual quedaba en el patio de la casa, estaba con ropa de faena, es decir, sin camisa y pantalones remangaos a la altura de la rodilla, imagen que el padre en otras oportunidades había visto cuando iba y llegaba directamente a la carpintería. Extrañado de que el padre se quedara en la sala de la casa y no llegara hasta él, le preguntó al que le fue a visar de la presencia y solicitud que hacía de su persona y este le contestó:

-No sé, lo que si se es que esta metió en los peroles, ¿sin sotana? Preguntó Pitino.

-No con sotana-, le contesta y Pitino como contestándose le dice:

-La verdad es que nunca he visto al padre Briñez sin la sotana.- Rápidamente Pitino deja la carpintería y entra a la casa para cambiarse de ropa, conseguido esto pasa a la sala y saluda.

– Buenos días monseñor-, a lo que el padre le replicó:

-Bernardo José bien sabéis que yo no soy monseñor, vengo a pactar con vos para continuar la torre, a pellizco si es necesario, ahora entiendo al padre Paz-.

-El pedigüeño-, le replica Pitino.

-Sí todos los días sacaba un santo.

-¿Pero a quién pedía padre? pregunta tío.

-Al pueblo.- Termina el padre Briñez. Desde ese día estos dos hombres fueron como hermanos y no solamente de Pitino, sino también de sus familiares. En la construcción de la torre, Pitino utilizaba los días libres y cualquier momento para vigilar los trabajos que avanzaban a paso de hicotea.


Gracias a las oraciones por fin el padre Briñez recibe una ayuda del gobierno, era la década de los 60, unido a esto ya Pitino no laboraba en la VOC, es decir, estaba solo con el trabajo de la carpintería, por lo que disponía de mayor tiempo libre, lo que hiso que a partir de estas dos situaciones le dedicó mayor tiempo a construcción de la torre terminándola rápidamente.

Cuando esto sucede, Pitino le dice:

-Monseñor de cerca no se parece, pero de lejos no se nota.

-El padre sonrió y le dijo: Bernardo ahora sí soy Monseñor, por esos días el padre Briñez había sido nombrado monseñor de la Catedral de Cabimas.


Como ya he dicho mi tío era como quien dice el reparador oficial de la reliquia del santo negrito. Este todos los años el 27 diciembre y el 1 de enero luego de la procesión – baile de San Benito- tenía que arreglar la imagen, bien en un brazo, o en la cabeza, lo cierto era que siempre la imagen quedaba con algo roto que Pitino gustosamente reparaba.


Estas fiestas del santo negro acá en Cabimas son diferentes, si mal no tengo la información es en la única parte que se le rocía ron al santo y esto tiene una explicación que mi tío me decía.

Resulta que las andinas campesinas, traídas por el gobierno del General Gómez a suplir a las meretrices europeas, eran devotas de San Benito y ellas junto a otros residentes de los botiquines, aprovechaban que el santo entraba a la casa de los Romero Quiroz en el pueblo de La Rosa, para bailarlo como lo bailaban en los andes. El santo seguía fijo y las mujeres bailaban, ofreciéndoles frutas y flores, las cuales lanzaban sin fuerza al santo.

Esto siguió repitiéndose todos los años, al ser difícil conseguir a la mano frutas y flores, optaron por rociarle con vino, brandy, champaña, ante esto la capa que usa la reliquia del santo se empapaba y se descoloraba, reclamándole los vasallos. Las mujeres andinas luego de estos pequeños incidentes le preparaban cada año una capa nueva y se la ponían después del baile por ellas realizado. Lo de bañar al santo llegó a oídos del sacerdote, pidiéndole este a los vasallos que no lo permitieran y la familia de Romero Quiroz lo prohibieron en su patio, pero después de esto el santo pasó a la calle y ya no se mojaba con el sumo de la uva sino que lo hacían con ron y lo de la capa de las andinas dejó de existir. Esto es por qué, según Pitino, acá en Cabimas se le rocía ron al santo.


Mi tío todavía estaría vivo de no ser por la costumbre que tenia de meterse en la boca para dormir un bojote de chimó, costumbre que tomó de los andinos cuando trabajó en la Menegrande.

Mi tía Aurora, su esposa, cuando Pitino tomaba no dejaba que este mascara chimó, porque caía en un letargo de sueño profundo, que asustaba, así lo decía ella, pero ese día tía Aurora estaba grave de muerte y todas las atenciones eran para ella, es decir, sus hijos y nosotros sus sobrinos estábamos era alrededor de ella y no nos percatamos que Pitino se había pasado de palos y al acostarse se metió el bojete de chimó en la boca.

Al rato de estar acostado entró en el letargo que asustaba, acompañado de convulsiones que le causaron la muerte por asfixia. Por más que se intentó salvarlo murió antes de llegar al hospital, cuatro meses después murió tía Aurora.

Selección del libro «Memorias de un cabimero» de Eudomario Castillo Clavel

Edición: Marianela Castillo, Rafael Sulbarán Castillo.

Foto: Mapio.net

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