Manual de un arrocero y su primer pase

Esta vez Eduardo se coló en una fiesta, comió tequeños, tomó cerveza, bailó a una vieja y aprendió una lección: todos hacemos el ridículo una vez en la vida

Por: Eduardo Mendoza. Quiere ser escritor. Ya no es arrocero.

Todos alguna vez hemos vivido una historia donde dejamos el orgullo y nuestra dignidad por el suelo, de esas historias que luego nos acordamos con humor pero que tuvo que pasar mucho tiempo para asimilar el tamaño de ridículo que hicimos. Ahí les va la mía:

Corren los años noventa, las fiestas estaban en todos lados y cualquiera iba sin motivo y sin excusas. La música “urbana” estaba haciendo los cambios que marcaron todos los ritmos que hoy se escuchan. El Rock estaba mostrando bandas como limp Bizkit, Korn, Nirvana, y otro pocotón más.

Teníamos nuestro primer influencer sin redes sociales “Cesar Augusto”. Si no tenías «Messenger» estabas aislado de la sociedad y «Latin Chat» era el sitio de cuadrar culos que jamás te ibas a coger. La salsa erótica rescató el puesto que el merengue le había quitado a la brava.


En fin era una época donde aburrirse no era una opción. Estaba yo en mi casa listo para salir a una fiesta de cumpleaños donde no me habían invitado, era lo que se llama un arrocero profesional. Ya había cuadrado con algunos panas que tampoco eran invitados pero conocían a un primo del hermano de DJ de la miniteca y eso era suficiente. Llegamos a la fiesta y con mucha educación y algo de carisma logramos involucrarnos con la gente y hasta compartimos con la familia.

Las reglas del arrocero son: sacar a bailar a la señora que nadie saca, ayudar a repartir los pasapalos y poner orden por si alguien quiere fastidiar el evento (por que los coleados ya estamos completos y no se puede permitir competencia).

Sientes que tu corazón bombea a millones de litros por segundo Sientes unas ganas terribles de correr pero no corres y quieres rechinar los dientes.

Eduardo Mendoza



Estando ya en ambiente, con algo de alcohol en el torrente sanguíneo, me aventuro a invitar a bailar a una jeva que estaba lanzándome señales de apareamiento, o eso fue lo que yo pensé.

Entre pasos y vueltas además de algún “arrecostamiento testicular”, siento que ya la «curda» (cerveza, para aquellos de otro país que puedan leer este relato) se me está subiendo a la cabeza o torre (depende si usted es público A o B). Así que al terminar la canción decido buscar a mi grupo para relajarme un poco y avisarles que quizás no regrese con ellos.
Luego de varias vueltas por la casa y parte de afuera de la misma, veo en una esquina a mis panas, que estaban reunidos en forma extraña y sospechosos.

Me acerco y le pregunto qué está pasando, pero veo con asombro cómo se están metiendo un polvo blanco por las narices y tomando ginebra con jugo de naranja (en esos días ni se pensaba en el cocuy con fructus). Les pregunto por qué hacían eso, yo ya había oído hablar de la cocaína y esas cosas, pero no la había probado. De todas las respuestas que me dieron, la que más me convenció era que servía para controlar la pea y mantenerte activo, así que sin mucha preguntadera le metí.

La cosa se siente así: Primero te arde todo el tabique nasal y sientes que el culo se te estrecha, luego un trago muy amargo corre por tu garganta y tu estomago se pone alerta para primero tirarte un peo y lo más seguro tendrás que ir al baño después.

Ciertamente corta cualquier efecto de una posible borrachera y sientes que tu corazón bombea a millones de litros por segundo Sientes unas ganas terribles de correr pero no corres y quieres rechinar los dientes. Es como estar estresado pero con ganas de estar estresado.

Después de un par de pases todavía no me había hecho efecto la blanca dosis hasta que entre a la casa ahí cambio todo…imagínense a Flash bailando “Cuero na má”, ese era yo en medio de la sala tirando pasos a lo loco y la gente a mí alrededor viendo ese espectáculo.

Cuando termina la canción busco sentarme para relajarme un poco, pero pasé a la segunda fase: “La habladera de paja”. Tenía a la jeva loca con mis cuentos de cosas de la vida y cualquier posibilidad de mojar el churro se fue en ese instante.

Quedé solo en ese mueble con la señora que nadie sacaba a bailar, quien ya obstinada de mis temas de conversación estaba pensando en el suicidio lamentándose de ser la mayor de sus hermanas que son más agraciadas de rostro y cuerpo que ella.

La señora quería meterse los tequeños en las orejas así estuvieran hirviendo, era más reconfortante tener los oídos calcinados que calarse a un desconocido drogo que de paso no la volvió a sacar a bailar.

“Mis amigos” fueron a mi rescate a buscarme y me ofrecieron un cigarro de esos que dan risa para que me relajara y viera las cosas más en «slow motion». Yo estaba full desbaratao, mi dignidad y mi reputación se fueron pa’ la mierda, no tenía control de mis actos.
Pero me sabía la canción que estaba sonando, así que en un rincón estaba bailando solo y cantando: «Esa loca, esa loca, esa loca, dale huevo».
Qué bueno que esa época no eran tan comunes los celulares porque aun sería el meme más viral.


Ya cuando estaba más consiente me fui a mi casa. En mi cuarto acostado viendo al techo pasé a la Fase tres: el bajón moral y la depresión, esa especie de sensación donde sientes que no vales nada y que lo único que queda es que venga el aseo urbano y recoja los restos.

Mi cuarto lo compartía con mi hermano y a él se le ocurrió esa idea de pegar unas cosas fluorescentes con formas de estrellas lunas y planetas en el techo hechas de un plástico fluorescente que cuando apagas la luz quedan brillando como si estuvieras en el planetario Humboldt.

Ahí yo viendo esas estrellas y constelaciones de silicón pensando en lo bajo que caí y en la posibilidad del suicidio, hice la promesa de no tocar más nunca ese polvo blanco.
Me vino a la mente una canción de Hombre G: «Marta tiene un marca pasos», que no tiene nada que ver con la vaina pero imagínense a un hombre triste cantando esa canción.
Al día siguiente mi mamá toca la puerta de mi cuarto y me avisa que mis panas estaban ahí buscándome

Cuando salí a hablar con ellos me comentaron que la fiesta terminó a coñazos (como termina toda fiesta que se respete en un barrio) y que había una chama preguntando por mí, que estábamos invitados a su fiesta (esta vez sí estaba invitado).
Pero ese es otro cuento…

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