Las apariencias engañan…o tal vez no

Como casi me pegan «taxiando»


 

Por: Johán Pérez. PeriodistJohana.

Taxista. Bajista


“Brother,  cuanto pa’ la montanita?”  «Son 150 bolívares amigo»,  le respondo con un gesto amable. “Si va el mío, plomo”.

Desde que sin querer tuve que convertirme en taxista, jamás, pero jamás he querido recoger en las calles a hombres con un aspecto dudoso; bolso, gorra ensartada hasta los ojos y franela negra holgada. No sé qué carajos pasó por mi cabeza en ese momento,  pero de seguro el cansancio tanto dar vueltas buscando pasajeros para hacer mi “diario” hizo que me detuviera ante el primero que me extendió su mano para pedir un servicio, sin estudiar detenidamente su aspecto físico y su forma de hablar. Sin intentar descifrar su intención.

Al montarse aquel hombre alto y muy delgado, me miró de frente y noté enseguida que era de ojos claros y que los tenía colorados. Seguidamente y mientras aplico la primera velocidad de mi carro para avanzar, me estampo un manotazo en la pierna como si yo fuese alguien conocido para él. “¿Qué pasó el mío?  Bulda e’ calor eldá?”.

Como están las cosas en este país, lo único que puedo explicar fue que en ese momento se me hizo un vacío enorme en el estomago. En cinco u ocho segundos presagié lo que podía pasar y me di cuenta del error gravísimo que cometí al montar a ese tipo.

“Si amigo, tremendo calor y lamentablemente se dañó mi aire acondicionado”, respondí un poco entrecortado como queriendo sacar algo de conversación a aquel que pensaba yo era un posible atracador. Y no es que sea un paranoico, pero vamos a estar claros: la vaina está muy jodida ante la inseguridad en este país y todos de alguna forma estamos al borde de la paranoia, más que todo si eres taxista.

“Tranquilo el mío no hay mente, dele pa’ la montañita y más nada, vamos con todo”. Tragué grueso mientras el semáforo en rojo se hacía eterno. Continúe hablando: “lo que pasa es que la cosa esta difícil amigo, yo tengo 4 chamos y tengo que salir para darle de comer así sea sin aire… no es fácil”. No sé, pero en mi mente atribulada por el sobresalto pensé en mis hijos e inmediatamente busqué una excusa para nombrarlos, como queriendo desesperada pero prematuramente despertar la condescendencia de aquel flaco ante mi inminente despojo.

“Coñooo si el mío, la vaina ta’ trinca e’ lo arrecha, yo también tengo un crío won”. Aun no lograba conectar una conversación con aquel hombre, pero justo frente al patio de tanques de Pdvsa La Salina, vía hacia el lugar en cuestión, el individuo abre el cierre de su bolso, coloca las manos sobre él mira los depósitos petroleros. Detallé toda la escena con el rabillo de mi ojo, y sentí como lentamente la vista se me aguarapó…los nervios se apoderaron de mi. Y justo en ese momento el muchacho dice “el mío… este poco e’ brujas han echado a perdel esta vaina nojoda, malditos esos”.

No comprendí nada, mi silencio fue sepulcral.

“Mío yo soy e’ acá de Cabimas, pero me fui hace 20 años pal centro y allá vivo bandera. Me gradué aquí en el INCE de Las Delicias cuando era menol y llegue a ser soldador de primera won? Coño y me metía bulda e’ plata no creía en naide marico. Pero se acabó el beta y pire pal centro, allá tengo mi taller bien cartelúo y no juego carrito con naide”.

Hubo una sensación que describiré como “perturbada tranquilidad” en mi estómago. Y lo digo muy en serio; al oír al tipo contarme esa historia sentí que de alguna forma nunca tuve nada que temer y hasta jocosa se puso la conversa. Como buen periodista y para calmar aun más mi ansiedad, comencé a preguntarle cosas, como en qué parte vivía allá en la Caracas, como están las colas y la escasez allá en la capital venezolana y otras cosas. “Jodía el mío, esta vaina se la llevo er diablo”

Llegábamos finalmente al destino referido. La conversa ya casi concluía y el flaco me indica hacia donde tengo que cruzar, mete la mano en su bolso y saca el dinero que yo le había indicado por el servicio. “Won, es ahí donde ta la casa azul esa”.

Al despedirme del que ya era “mi pana” y luego que canceló su carrera justo al bajarse, yo relajado y confiado le pregunto: “¿pana y qué hacéis ahorita en este hueco que llaman Cabimas?”

El flaco sonrió, volteo su rostro para mirarme a los ojos y con un gesto de picardía me dijo:

“Horita el mío? vengo de tirá un quieto. A qué viene uno pa’ acá pa’ Cabima?  A dale duro al hampa won…vaya tranquilo y siga trabajando que usted es calidad. Cero bruja! Tamos a la orden por acá pué”.


Texto redactado el 16 de junio de 2015


 

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