El bus amarillo que nunca llegó a la Toma de Caracas

Crónica de un viaje frustrado


De Cabimas a Caracas hay 667 kilómetros y más de 20 puntos de control y alcabalas, un largo trayecto que intentaba completar desde la mañana del 31 de agosto un grupo de manifestantes que pretendían arribar a la Toma de Caracas de este primero de septiembre


Por: Rafael David Sulbarán. PerioTwitterdista.

No estaba perdido, tampoco de parranda


“Muchachos los dirigentes nacionales han dicho que se reunirán más de un millón de personas allá en Caracas, vámonos, vamos arrancando que nosotros queremos ser parte de ese número de gente que hará historia”, esto lo expresó Otto Piñero, dirigente juvenil de Acción Democrática en el Zulia, uno de los organizadores del viaje. La ruta iniciaría a las 10:00 de la mañana, partiendo desde la sede municipal de la Mesa de la Unidad Democrática en Cabimas, estado Zulia. Por supuesto los retrasos típicos del que no llega a tiempo, el que le falta confirmar, retrasaron la salida.

Hacia las 11 de la mañana, el autobús amarillo finalmente encendió sus motores y salió en camino, o al menos eso fue lo que pensaron, ya que más tarde, aún antes de dejar la ciudad, les reclamaron la falta del listín, el permiso del Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (Inttt) imprescindible para circular sin inconvenientes. La espera fue de una hora por ese papel, que fue adquirido por los caminos verdes, ya que por los canales ordinarios no se pudo obtener porque “no había persona que lo firmara”. Un trámite que cuesta 1.500 bolívares fue cancelado a 5.000.

Un recorrido de 667 kilómetros realizarían hasta Caracas para participar en la marcha | Foto: Rafael Sulbarán

A las 1:00 de la tarde, ahora sí, el vehículo amarillo emprendió camino a la Toma de Caracas. “De seguro tendremos muchos inconvenientes en las alcabalas; lo más probable es que nos tengan allí unos buenos minutos en cada parada”, comentó José Urbina, dirigente de Acción Democrática que brindaba los detalles de la logística de la travesía. Los rumores sobre retenciones de unidades en diferentes puntos del estado alimentaban la ansiedad de las 22 personas que se trasladaban en ese bus amarillo. Los primeros kilómetros de recorrido fueron acompañados por música a todo volumen, música para jóvenes, complaciendo a la mayoría de los pasajeros. Miquel Quiroz, un joven entusiasta de la protesta hablaba sobre sus ganas de gritar bien duro en la capital para ver si hay un cambio de gobierno pronto: “Primera vez que voy a una manifestación como esta; mi mamá no sabe que estoy aquí, pero lo estoy haciendo por el futuro y tranquilidad de ella y de todos”, explicó, luego de degustar el primer sándwich del recorrido junto al respectivo vaso de jugo, la típica “bala fría” en este tipo de viajes.

Tres horas en La Plata

El bus amarillo arribó al primer punto de control, en el kilómetro 52: la población de La Plata, en el municipio Simón Bolívar. Solo un poco más de 20 kilómetros había recorrido la unidad. Un efectivo de la Guardia Nacional (GN) recogió cada una de las cédulas de los viajantes. “Liguemos que no nos retrasen demasiado”, comentó Urbina. Pero la presencia de seis buses más dejaba en claro que estarían mucho rato allí. El proceso era el siguiente: recogían los documentos para pasarlos por el sistema de verificación de datos y constatar si alguien tenía algún antecedente penal o estaba solicitado.

“Señoras, no se desesperen, acá nos llevamos sus cédulas para saber quiénes son; hay muchos fugados del retén de Cabimas y no sabemos si puedan estar viajando en esos buses, pero no se pongan bravos, ¿o es que los escuálidos son intocables?”. Estas fueron las palabras del capitán a cargo de la unidad, de apellido Aguilera, dejando claro el tono político de la retención.

En La Plata retuvieron por más de tres horas a varios autobuses | Foto: Rafael Sulbarán

En La Plata retuvieron por más de tres horas a varios autobuses | Foto: Rafael Sulbarán

En medio de esa espera, muchos tomaban café, dormían en las butacas, comían cepillados. En una venta de cerveza justamente al frente del punto de control, un señor comentaba que “antes uno veía a los buses pasar para las marchas con banderas, gorras: ahora todos van escondidos y temerosos”. Con estas palabras el hombre resumía lo que se vivía dentro de los buses: había ánimo, ganas, valentía, pero también temor, con banderas escondidas entre los asientos, gorras tricolor dobladas en los bolsos, y, sobre todo, el cuidado de no decir algo que los vinculara a la marcha, como si fuesen unos criminales en fuga. “Ya saben: vamos a Barlovento, no digamos que vamos a Caracas. Somos un grupo cultural que va a un encuentro”, les había instruido Urbina a la salida. Los rumores sobre retenciones, sobre buses a los que no dejaban circular, los obligaban a mentir, “pero ellos saben quiénes somos; no son bobos”, dijo Piñero.

Ese miedo de quedar presos le tocó de cerca a un grupo de Primero Justicia varado allí mismo en La Plata. Trascendió que no dejarían circular su unidad por la presencia de Leoncio Hernández, un ex escolta del alcalde metropolitano Antonio Ledezma, el cual fue retenido por más de cuatro horas allí. “Los guardias, al verle la chaqueta, se lo llevaron enseguida”, refirió una militante del partido político Alianza Bravo Pueblo que se encontraba en el bus donde viajaba Hernández. “Él carga una chaqueta del Ministerio de Interior y Justicia; lo vieron entre nosotros y de una vez se lo llevaron para interrogarlo”. A los pocos minutos, ese bus blanco emprendió camino luego de cuatro horas. No trascendió el motivo real de la retención.

Una lluvia fuerte, sumió en la desesperación a los pasajeros del bus amarillo, que ya contaban tres horas parados allí, pero la lluvia trajo las cédulas. Finalmente los dejaron ir, pero pronto tendrían otro inconveniente.

Piedras y vidrios

En medio de la frescura que dejó la lluvia, el autobús cruzaba el viento, ya un poco aliviado por haber pasado ese primer escollo, pero pensando en los otros puntos que se avecinaban. “Nada más nos faltan 19…el del Venado, el Jacinto Lara, entre otros donde de seguro nos pararán por igual”, contaba Piñero.

La música se hizo presente de nuevo en medio del ánimo y el entusiasmo por haber reanudado el camino. Las caras de los jóvenes los delataban; también gritaban y aplaudían, cuando de pronto esta algarabía se vio interrumpida por un fuerte estruendo: los vidrios quebrados, los alertaron de que el bus estaba siendo atacado a pedradas. Los que iban delante se tiraron al suelo para evadir los pedazos de vidrio que salieron volando, sin contar el temor de que siguieran lloviendo piedras. “Al suelo, al suelo”, gritó el colector, a punto de ser golpeado por una piedra.

Tres peñones atravesaron y quebraron el parabrisas del vehículo | Foto: Rafael Sulbarán

Tres peñones atravesaron y quebraron el parabrisas del vehículo | Foto: Rafael Sulbarán

El ataque se dio en pleno distribuidor Pompeyo Davalillo, en la entrada de Ciudad Ojeda. A pocos metros se encuentra una estación de servicio; allí aparcó la unidad. “Allá va una patrulla, llamála”, gritó el chofer del bus. La unidad policial se acercó y enseguida emprendió camino para buscar a los responsables del ataque. “Fueron unos policías, yo los vi, yo los vi, estaban uniformados y en moto, ellos lanzaron las piedras”, acusó Miquel Quiroz con voz enérgica y cara de indignación. Los responsables huyeron en una moto, escabulléndose rápidamente hacia el sector El Danto de Ciudad Ojeda.

Tres peñones quebraron totalmente el parabrisas del bus amarillo. El chofer, ante esta situación, sentenció: “Así no podemos viajar. Sería un riesgo muy grande: ese vidrio se puede desprender”.

De esta forma se declaró el fin de la travesía. Así, intempestivamente, sin anestesia, sin avisar, se acabó la ilusión de hacer bulla, de hacer bulto y fuerza en una manifestación que prometía ser histórica.

“Yo me escapé de la casa, quería ir por primera vez a Caracas y participar en apoyo a nuestro país”, comentó una joven de 18 años que no quiso identificarse. El sentimiento fue de rabia, decepción y frustración por no poder realizar el viaje, “y más de esta forma, así, por culpa de unos policías que parecen no servir al pueblo; es gente irresponsable que no respeta la vida. Esas piedras pudieron matar a cualquiera; son una señal del miedo que tienen, de lo cobardes que son”, refirió Urbina.

Así, luego de 30 mil metros, faltando 607 kilómetros para la capital, el bus amarillo cesó su viaje y tuvo que regresar. Fue uno de los cientos de vehículos que no pudieron arribar a Caracas. Su camino se detuvo, “pero no por miedo a la marcha ni a los chavistas. Debemos resguardar la vida de las personas y un viaje así es riesgoso, pero eso no nos calla, no nos detiene en nuestro afán de defender el país de este desastre”. Con estas palabras se despidió Otto Piñero al bajarse con rumbo a su casa, en el punto original de partida: Cabimas.


Texto publicado en el Pitazo

El 02 de septiembre

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