Diez minutos de asco en el sillón

Diez minutos de asco en el sillón

 
Historia de una violación
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Elisa es una joven de 34 años que ha tenido una buena vida, pero que una desafortunada noche vivió una amarga experiencia al visitar a su ginecólogo de confianza. Aquí con valentía nos deja su testimonio esperando que sirva para concienciar sobre el tema
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Se puede decir que he tenido buenas experiencias en mi vida. Dios me ha concedido dos hermosos hijos fruto de un matrimonio que lamentablemente fracasó. Me llamo Elisa, nací hace 34 años, y hace 36 meses, esas buenas cosas que me han pasado se reviraron en mi contra. Una tarde, me acerqué al centro médico de mi confianza para realizarme un chequeo con mi ginecólogo. Tenía una especie de infección, y mis partes íntimas segregaban un líquido con un extraño olor. Por razones laborales, no pude asistir más temprano a la consulta, la cual ya había reservado vía telefónica. El doctor me atendería luego de las seis de la tarde. Más de 15 años tenía viendo al mismo ginecólogo, que ya lo sentía como un amigo, como alguien familiar, alguien de confianza. Él sabía muchas cosas de mi vida…también era ginecólogo de mi madre. Sabía de mi matrimonio, de mis dos hijos, de mis infecciones urinarias, de mi cambio de trabajo, de mi divorcio. Pensaba que él sería el médico de mi hija ya cuando se desarrollase. Pero él se encargó de que yo cambiara mi decisión.
 
Llegué a las seis. El doctor atendía a una chica. La secretaria ya había acabado su jornada. Solo estábamos tres en ese piso ya por caer la noche. La joven de turno se fue a las siete y entré yo. Ya solo éramos dos. El doctor sabía el motivo de mi asistencia. Le cuento con más detalles sentada frente a él, lucía sereno, se le notaba cansado, pero me hablaba con el vigor, como si estuviese en el primer día de trabajo. Tenía algún tiempo sin verlo, como seis meses. Me preguntó si tenía una relación sexual estable, le dije que no. Me preguntó por mi mamá, por mis hijos y hasta por mi ex. Yo también estaba cansada, pero tenía muchas ganas de tratarme eso que me estaba molestando hace días. Yo venía en ropa de trabajo. El doctor me manda a quitármela. Yo pasé a la parte posterior del consultorio, me quité la vestimenta y me coloqué la habitual bata azul. El piso frío me estremeció. 
 
El doctor llegó con un instrumento que no conozco su nombre. Me indicó que me subiera a la silla, ese reclinatorio desagradable, el que deja expuesta hasta el alma. Me subí con cuidado. La silla estaba más fría que el piso. Me quería ir, pero ya estaba montada. Sentía una extraña sensación y no sabía por qué. Con todo el aire frío ese penetrándome las entrañas, el doctor empezó a explorar con sus dedos como lo hace rutinariamente con unas 15 mujeres a diario. No hablaba, y eso era raro, no era habitual en él que hasta me contaba de las aventuras de sus hijos, y los resultados del béisbol. Me empezó a introducir el aparato ese que no conozco el nombre, le pregunté sobre qué se trataba esa cosa y me respondió que deseaba ver mejor mi vulva. Unos cinco minutos tardó con ese aparato que estaba más frío que la silla. Mi celular sonó, recordé que al salir, debía ir a buscar a mis hijos en casa de mamá. Ya deseaba que ese aparato, que ya no estaba frío, dejase de habitar de intruso dentro de mí. El doctor salió, a los tres minutos regresó y me dijo que me iba a recomendar unas cremas, que no era nada grave. Cuatro minutos después, mientras yo miraba el techo queriendo salir a hacer la cena, sentí otro aparato dentro de mí, pero este no estaba frío, estaba caliente. El crujido de la silla me alertó, el doctor estaba encima de mí, dentro de mí. Yo no reaccioné. El sillón fue cómplice de mi verdugo, no me dejaba mover, estaba indefensa, expuesta, secuestrada, violada. Quedé más fría que el piso, que la silla, que el aparato. El doctor no sintió el frío durante 10 minutos…10 minutos de silencio, 10 minutos, de asco, 10 minutos que destrozaron una imagen, 10 minutos que tumbaron una reputación, 10 minutos de placer para uno solo, 10 minutos de violación. Al bajarse, el doctor me dijo que me quedara tranquila, que no iba a pasar nada, que solo se dejó llevar por mi belleza, que lo deseaba desde hace muchos años. Sus palabras eran cubos de hielo que me lanzaba. No dije nada. No fui capaz de abofetearlo, no fui capaz de insultarlo, no tuve el valor de enfrentarlo, me quedé fría. Salí con el alma en el subsuelo, con el orgullo tirado, con el asco elevado a la estratosfera.  El doctor me había ayudado con los embarazos, yo lo tenía como un ángel. Ahora es un completo demonio abusador.
 
 Abordé mi camioneta. Me sentía sucia, muy sucia. Aún no reaccionaba. Llamé a una amiga, la pasé buscando y le conté todo. Quería salir corriendo al baño, a quitarme la mugre, la suciedad. Las lágrimas querían drenar todo, el hombro de mi amiga también. Me fui a que mi madre, se lo conté todo. Lloramos juntas, llenas de ira, de rabia, de frustración. Mi amiga me recomendó que lo denunciara, estaba dispuesta a hacerlo. La situación me obligaba, pero caí en la realidad. El doctor tiene mucho poder, su esposa también, su clínica mucho prestigio, su esposa también dentro del poder. Me hundiría, ¿quién me iba creer con tan poca evidencia? Una prueba forense sería lo ideal, pero ya quizá habían muerto esos espermatozoides malvados. No había mayor evidencia física. Una violación de ese tipo prácticamente no deja rastros, no hubo forcejeo, no hubo golpes…esa desgraciada silla fría. No lo denuncié. No formé parte del bajo porcentaje que si se atreve a enfrentarlo con la justicia. Pasé a ser un número, quizá pude haber sido el caso 73, el 28, el número uno de Venezuela ese año. Pero no me convertí en estadística, no hice nada, solo enfermarme. Aún me pregunto por qué no hice nada para evitarlo, el frío me congeló hasta el razonamiento. 
 
Estuve en terapia psiquiátrica, soñaba con esa noche fría, he mejorado, pero aún me paralizo al verlo. Como si me hubiese echado un tipo de pócima, no me muevo. A veces me provoca pasarle un carro por encima. A veces me provoca caerle a tiros a su clínica. Mi madre lo enfrentó una vez, le dio una cachetada…eso no es suficiente. Le agarré temor a los hombres, no los quería ni ver, ni hablar con ellos. Pero uno debe ser fuerte y seguir. A veces me siento estúpida. No tengo un novio que le caiga a golpes, tampoco un padre, ni un hermano. No se lo había contado a más nadie, ahora cedo mi historia a este periodista para que refleje en sus letras lo que yo sentí, mi experiencia y para que tal vez se atreva a denunciarlo, a ver si me ayuda a tomar fuerzas para hacerlo yo, a ver si evitamos que más ginecólogos se aprovechen de sus pacientes, a ver si las autoridades hacen algo al respecto.
Mi vida sigue llena de cosas buenas, espero seguir superando esa noche fría.
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