Así explotó el Zumaque I

Celebrando el primer siglo de este pozo petrolero
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Por: Marielys Zambrano Lozada. 
Es un amor. Parece europea. Le gusta el rock

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Los geólogos Ralph Arnol y George Macready tienen una misión titánica sobre sus hombros. Aunque trabajan para la General Asphalt Company, se les encomendó levantar los primeros estudios geológicos para buscar yacimientos petroleros en varios puntos de la geografía venezolana.

 

Apenas es 1912. Dos años antes de la explotación de un pozo, llamado Zumaque uno, que le cambiaría el rumbo al país y lo convertiría, a partir de allí y hasta ahora, en una Nación cuya economía subsiste con la comercialización del oro negro.
Venezuela, demasiada rural entonces, se ha recuperado de las guerras de independencia y trata de sobreponerse a las peleas caudillistas por el poder. No tiene un sistema vial establecido. Maracaibo —el punto más activo como ciudad— era una población tranquila, con menos de 30 mil habitantes. En el estado no había agua potable, tampoco cloacas. No existían facilidades sanitario-asistenciales para el puñado de pobladores y tampoco había eficientes vías de comunicación.
El general Juan Vicente Gómez — comiendo mute de su cocinera traída de San Antonio del Táchira, degustando arvejas cocidas y tomando café andino—, apenas tiene cuatro años como presidente, de los 27 que duraría como mandamás de la Nación. Está peleando con los “cabeza calientes” de la Universidad Central de Venezuela a quienes les cierra el recinto universitario ese mismo año.
El país subsiste económicamente por los intercambios comerciales con el café y cacao. Y en medio de ese hervidero, con paciencia, los geólogos Ralf y George siguen buscando el oro oscuro sin éxito, pero con una enorme intuición. Olfateaban que en el Mioceno, hace 23 millones de años, Dios había sido generoso con el Zulia. Sospechaban que la erosión favorecida por orogénesis había formado sedimentos y depósitos de petróleo en zonas que eran cuencas marinas de poca profundidad.
Ralf y George se acariciaban la barbilla cuando observaban la cuenca del Lago de Maracaibo donde encontraron manaderos asfálticos a simple vista (que todavía se observan) en el Cerro La Estrella, de Mene Grande, Costa Oriental del Lago. Después de realizar evaluaciones preliminares, y que personal de su equipo se enfermara con fiebre tifoidea, levantaron el primer informe petrolero que entregaron a la Caribbean Petroleum Company; una evaluación que engordó la retina del mundo.
“Recomendaban la selección de 87 lotes lotes de 500 hectáreas, cada uno, en los estados Zulia, Monagas, Anzoátegui, Sucre, Nueva Esparta, Falcón y Trujillo. Estos informes fueron llevados a Londres para negociarlos directamente con el presidente de la Shell Oil. Y mediante pago de 10 millones de dólares, la Shell controló las concesiones de la General Asphalt con el propósito de seguir rastreos exploratorios, con fines petroleros”, cita el texto El Chorro, gracia o maldición.
Después de seguir otros rastreos durante 1913, llegó la fiesta decembrina para anunciar el arribo de 1914 cargado de expectativas para el personal explorador. Apenas transcurrieron 12 días de enero del “14” cuando arrancó la perforación del pozo al que bautizaron, inicialmente, como MG-1 (Mene Grande uno), en honor al poblado que intervenían. Luego, lo rebautizaron con el nombre Zumaque uno, un vocablo indígena para llamar a un arbusto que crecía en el cerro La Estrella en abundancia.
Y en medio de tantos bautismos a las tierras que ya tenían otros nombres, transportaban a “lomo” las cuadrillas sismológicas, según se lee en una antología petrolera de la revista Nosotros. A machetazos limpiaban un terreno húmedo, cenagoso, repleto de selva virgen, donde la zancudera picaba, las hicoteas eran manjar para el vecino, y los venados, tigres y otros animales se asomaban como peligro en puertas.
La explotación petrolera en Venezuela era apenas un embrión. Ni siquiera estaba en pañales. No había personal capacitado para perforar yacimientos. Lo que había era el cerebro “gringo” de las operaciones, y los venezolanos, campesinos, que se atrevían a ponerle ganas y corazón a una búsqueda titánica sin experiencia alguna, solo siguiendo las directrices del foráneo con más escuela y letras encima, quienes sí sabían que en ese cerro había algo especial a unos 250 pies sobre el nivel del mar.
La mañana del 31 de julio de 1914 comenzó el jolgorio en la cresta de “La Estrella”, desde donde se distingue en lo alto buena parte de la ribera del estuario zuliano.
“Quienes trabajaron en el Zumaque uno relataron que los materiales y equipos fueron transportados en bongo a través del río Motatán. Y desde el puerto de ese río fueron llevados al cerro en bueyes y mulas. El equipo de perforación era una mecha pesada atada a un cable, la cual subía y bajaba. Muy rústica. Lentamente comenzó a abrir el hoyo profundo, que demoró meses lograr”, cita una antología recopilada por Pdvsa llamada A 100 años del Zumaque.
La paga petrolera siempre ha sido buena. Por eso el campesino comenzó a acercarse a trabajar con los “gringos” que le estaban dando un salario a base de morocotas a los primeros combatientes curiosos, una moneda de oro que fue emitida en los Estados Unidos entre 1849 y 1933, con una denominación de veinte dólares y cuya aleación era de 90% oro y 10% cobre. Después les pagarían —reseña el historiador Jesús Prieto Soto— un salario regulado en tres, cuatro, cinco y seis bolívares, con jornadas desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde, y una pastilla de quinina diaria para regular la mortandad de esos pioneros, azotados por el paludismo en medio de tanto lodo. La pastilla era una recomendación del galeno Enrique Tejera Guevara, el primer médico contratado por la Caribbean Petroleum Company, pues promediaban a la semana unos cinco o seis hombres muertos por paludismo, picadas de serpientes, accidentes laborales, condiciones sanitarias precarias, asaltos de animales feroces y otras enfermedades que en medio de la selva trataban de controlar.
A las cuadrillas de obreros los uniformaron con telas de caqui y sombreros. Los apostaron organizadamente en una carpa de lona donde cabían 60 hombres. Y curiosamente, el flamante departamento de transporte estaba integrado por bestias.
Entre las anécdotas sobre las primeras contrataciones petroleras está la historia que cuenta Álvaro José Cardozo, jubilado de Pdvsa, quien su papá, uno de los pioneros que trabajó en los tiempos iniciales de la exploración y explotación del Zumaque uno, dijo que un hombre analfabeta, de apellido Ballesteros, encontró una mula cargada con morocotas. El animal se había desviado del camino porque fue asustado por un tigre en la espesa selva costera.
“Le entregó a los jefes de la empresa la mula con la carga millonaria y a cambio pidió que lo contrataran”, contó Cardozo a personal de Pdvsa que ha intentado recopilar la historia.
Las dificultades eran muchas. Con equipos rudimentarios, carencia total de vías de comunicación, escasas facilidades sanitarias, personal sin experiencia en la actividad, así se perforó el Zumaque uno, el primer pozo productor de petróleo comercial de Venezuela.
Uno de sus más significativos tropiezos ocurrió el 28 de febrero, previo al triunfo del 31 de julio. La cabria elaborada en madera (entramado que semeja una torre como las ferrosas que descansan ahora sobre el Lago de Maracaibo), se incendió y quedó destruida por completo, dañando al balancín y rompiendo el piso de la enorme torre. Hubo que volver a empezar.
Y en medio de un nuevo comienzo con optimismo, el golpeteo seco de la “mecha o barra” en forma de estrella —de ahí el nombre que le pusieron al cerro—, que se enterraba en la cresta hasta alcanzar 135 metros de perforación, completaron llegar al yacimiento el 31 de julio de 1914 desatando el reventón que asustó a todos, porque no sabían entonces controlar la presión de los depósitos petrolíferos, cuando llegaban a ellos.
Con un crudo de 18° API (sumamente liviano, una especie de “lomito” petrolero), que manaba de manera natural 264 barriles al día, se inicio formalmente en nuestro país la producción del hidrocarburo. Por eso el Zumaque uno simboliza la historia del petróleo en Venezuela.
A 100 años de la hazaña, hoy se distingue al cansado balancín todavía en pie, pintado del tricolor nacional, con una placa conmemorativa que dice: “El pozo que comenzó la era de la producción comercial. La industria petrolera se incorporó al progreso de Venezuela”. Desde ese 31 de julio de 1914 supimos que podíamos vivir del oro negro dejando a un lado la exportación en masa del café y cacao. Ahí nos volvimos petróleo-dependientes. Ahí se aligeró la construcción de la primera refinería con capacidad de procesamiento de ocho mil barriles diarios, ubicada en San Lorenzo, cercana al pozo. Ahí se constituyó el primer sindicato de trabajadores petroleros de Venezuela. Ahí se convocó a la primera huelga petrolera que tuvimos en la historia. Ahí se firmó la nacionalización de la industria en 1976. Y, definitivamente, ahí Venezuela tuvo un nombre que sonó interesante para la el mundo entero.

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